La experiencia “The Artist”

Pocas veces salgo del cine pensando que esa película se colará “ipso facto” en mi top 5 particular. Pero aún menos veces me ha pasado que un filme cambie hasta mi humor ese día. Y no, nunca había acabado de ver una peli queriendo aprender a bailar claqué.

El cine es algo emocional, aunque todos lo que entendamos mínimamente sobre el tema lo intentemos racionalizar y analizar desde el punto de vista formal. Lo bueno de The Artist es que consigue una brillante puntuación lo mires por dónde lo mires.

Es conocido por la mayoría el homenaje al cine mudo de The Artist, el homenaje a ese Hollywood de los años 20. The Artist es muda y en blanco y negro, pero consigue que te olvides de ambas cosas a los cinco minutos del inicio de la película. Incluso acabas recordando diálogos. Sí, diálogos en una peli muda.

El encanto de The Artist radica básicamente en su falsa simpleza. La historia no es nada del otro mundo, pero cautiva al espectador. Es fácil conectar con el carismático George Valentin y con la pizpireta Peppy Miller. Y es inevitable pensar “qué mono” cada vez que el perrito hace alguna gracia. Es una película que plasma con cariño y amor una época de cambio, de estrellas que mueren y estrellas que nacen. La cinta, por tanto, tiene también un punto trágico y dramático, y aún así, consigue transmitir buen rollo como pocas. Además, los eruditos cinematográficos también se sentirán satisfechos al encontraran guiños a Cantando bajo la lluvia o Ciudadano Kane. Y es que como he avanzado antes, en el terreno formal The Artist también es una joya. Sólo hay que pensar en el espectacular uso del sonido en una de las mejores escenas de la cinta o la secuencia en las escaleras (simple, pero me apasiona ese plano general con el ir y venir de gente arriba y abajo). Detrás de un argumento poco original, hay una película llena de pequeños detalles que la hacen grande.

En la época del 3D, de los efectos especiales a gran escala y las historias complicadas (cuanto más raras e inteligibles mejor), que haya triunfado una película tan simple y con tanto encanto me alegra enormemente. Si aún eres de los reticentes que no se han decidido a verla, yo te animo a hacerlo. Sólo te diré una cosa más: la volví a ver tras un examen algo polémico y agotador. Acabé con una sonrisa de oreja a oreja, relajada y feliz. Adiós prozac. Larga vida a The Artist.

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